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Si analizamos de manera objetiva los rasgos que caracterizan a la banda catalana Manel, si nos centráramos en su identidad sin vernos influenciados por cuánto nos gusta o deja de gustarnos, veríamos una evolución bien marcada y con coherencia entre sus cuatro discos, de un sonido pop folk a otro donde se juega más con la electrónica. Pero la música, como cualquier corriente artística, nace para alcanzar a nuestras emociones y una vez lo hace es difícil borrar su recuerdo. Y Manel nos emocionó, sobre todo, con su primer disco, Els millors professors europeus.

Por ello, que presentaran su último disco, Jo Competeixo, en el teatro Circo de Murcia parecía una buena idea, porque allí ya sonaron bien las canciones con ukelele de sus inicios como, Corrandes de la parella estable. Pero es que, como leerán a continuación, ya hay una parte de Manel que solicita nuevos escenarios donde el público pueda saltar y bailar. Es la parte que nació con su tercer disco, Atletes, baixin del escenari, y que se consolida con Jo competeixo.

Comenzaron con el tema Les cosines, cuyo riff la obliga a estar siempre en los inicios, sea en el disco o en los conciertos, obligándonos a asentir con las cabezas sin parar. Uso de pedales para iniciar y cortar los efectos sonoros y ni rastro de cualquier instrumento de cuerda con caja de resonancia que no acabara conectado a un amplificador.

Siguieron con BBVA, ejemplo de los nuevos sonidos explorados, para continuar con la acertadísima Desapareixíem lentament del tercer disco. Tanto con este tema con el siguiente, Ai, Yoco, se podía comprobar que Manel, sin contar el innegable carisma de su cantante, Guillem Gisbert, es una banda que transmite normalidad en el escenario: tocan de manera normal (sin estridencias), la iluminación es normal, visten de manera normal… faltó que tocaran la versión de Common people de Pulp, traducida como La gent normal, para ayudarme a cerrar esta reflexión.

Temptacions de Callcerola, Cançò del dubte y Boomerang, primer gran momento donde el público se levantó de sus asientos. Llevándole la contraria a la letra de la canción, el boomerang hizo su recorrido completo y, al igual que la gente se puso de pie, volvió a sentarse al terminar para los siguientes temas, que pedían, ahora sí, unas butacas. Mort d´un heroi romàntic, L´espectre de Maria Antonieta, Arriba l´alba a San Petersburgo y Criticarem les noves modes pentinats.

 El resto del concierto podría haberse desarrollado perfectamente en otro espacio, sin más techo que el cielo abierto, sin ningún asiento que enumerar y con un suelo de césped que amortiguara los bailes y saltos que iban a llegar. M´hi vaig llançar, Ai, dolors y Al mar! (sin ukelele) para que el público calentara las cuerdas vocales antes de Benvolgut, canción de referencia del grupo que uno (todos los asistentes) siempre quiere cantar pero nunca ser su destinatario. Liberados metafóricamente de las restricciones del teatro, Serotonina añadió calor a la actuación para un final por todo lo alto con Jo Competeixo, Teresa Rampell y Sabotatge.

En definitiva, Manel empieza a competir en un nuevo escenario musical, más electrónico, que pide menos salas y teatros y más escenarios de festivales.